EL AMARGOR DEL AZÚCAR

EL AMARGOR DEL AZÚCAR

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Azúcar es el nombre con que se denomina a la sacarosa.

Junto con la sal, se trata de una sustancia química pura cristalizada muy abundante en la naturaleza. Se encuentra en todos los vegetales clorofílicos, ya que es el principal producto de la fotosíntesis.

La sacarosa que consumimos para endulzar, procede de la caña de azúcar y la remolacha azucarera aunque también se obtiene un producto aceptable de otras plantas cómo el arce, la palmera datilera y el sorgo azucarero.

En la  actualidad, en  nuestro  entorno, el  azúcar de la remolacha ha desplazado al de caña.

El azúcar refinado es un carbohidrato que contiene un 99,9% de sacarosa (el azúcar moreno contiene un  87%).

Podemos consumir la sacarosa aislada (azúcar para endulzar), añadida a los alimentos o como componente intrínseco de frutas y verduras.

La cuestión es por qué se demoniza al azúcar refinado y sin embargo, se consideran saludables frutas y verduras, que también lo contienen.

 Por qué la OMS recomienda, que el consumo de azúcar aislada o añadida a los alimentos, no supere el 5% de las calorías ingeridas al día. Esto significa, que si consumimos 2000 calorías no deberíamos rebasar las 100 calorías en esta forma de azúcar.

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También se recomienda que nuestra dieta aporte entre un 55-60% de hidratos de carbono. Durante muchos años, los hidratos se han clasificado en polisacáridos, oligosacáridos y azúcares (disacáridos, monosacáridos), en función de su rapidez de absorción, pero esta clasificación ha sido superada en los años 80, por el concepto de índice glucémico.

El índice glucémico es el nivel de glucosa en sangre después de consumir un alimento. Existen evidencias científicas de que consumir carbohidratos de bajo índice glucémico reduce las concentraciones medias de glucosa en sangre y la producción de insulina, lo que previene la obesidad y a la larga, la posibilidad de padecer diabetes tipo II.

La sacarosa es un disacárido que al ingerirlo, por acción enzimática, se rompe en sus 2 monosacáridos (glucosa y fructosa) y se absorbe con rapidez. La fructosa, como el resto de hidratos de carbono se acaba convirtiendo también en glucosa para que nuestras células la puedan absorber.

Vamos a ver qué ocurre en nuestro organismo, cuando la glucosa llega a la sangre: el páncreas se activa y segrega insulina, la hormona que pone la glucosa sanguínea a disposición de las células para conseguir energía. La insulina hace bajar el nivel de la glucosa en sangre y para compensar la hipoglucemia que se produce en ese momento, sentimos hambre.

Si seguimos ingiriendo carbohidratos para saciarnos, se repite el mismo proceso y entramos en un círculo vicioso que nos deriva al sobrepeso porque frente el excedente de energía, el metabolismo de las grasas sale al paso, trasformando la glucosa en grasa.

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Considerando, que salvo la lactosa de la leche (índice glucémico 30), el resto de hidratos de carbono, proviene de alimentos vegetales, vamos a ver cuáles son recomendables y por qué:

Las frutas y verduras, tienen a su favor frente al azúcar de mesa (índice glucémico 75), además de su riqueza en minerales, vitaminas y antioxidantes, un índice glucémico que salvo excepciones, puede oscilar entre 15 y 35. Por otra parte, la fibra de frutas con piel, verduras, leguminosas, frutos secos y cereales integrales, considerada un hidrato de carbono indigerible, no solo puede aportar energía a través de la fermentación intestinal y regular la digestión, mejora también el control de la glucemia.

Los cereales refinados y almidones presentan un índice glucémico similar al de la sacarosa o azúcar refinado, con la diferencia de que esta aporta calorías vacías mientras que el arroz, el pan, la pasta y la patata son ricos en nutrientes y aportan fibra.

Para conseguir respetar las recomendaciones de la OMS, teniendo en cuenta que la industria mete azúcar hasta en la carne procesada, quizás sea más sencillo evitar la sacarosa aislada que la escondida en los productos elaborados. Podemos empezar limitando el consumo de estos, bebiendo zumos caseros, consumiendo cereales integrales sin azúcar añadido y aumentando el consumo de productos de la tierra; en todo caso conviene leer detenidamente las etiquetas de los envases. 

Con estos cambios sortearemos la obesidad y enfermedades graves cómo la diabetes tipo II. Son muchos los efectos perjudiciales que puede tener el consumo excesivo de sacarosa:

  • Desequilibra la homeostasis.
  • Acidifica la sangre.
  • Estimula excesivamente el páncreas provocando hiperproducción de insulina y estrógenos.
  • Crea hipersensibilidad en las glándulas suprarrenales.
  • Favorece colonización por cándidas intestinal / vesical / vaginal.
  • Problemas intestinales.
  • Pérdida de calcio y magnesio: artrosis y osteoporosis.
  • Aumento del colesterol y triglicéridos, sobrepeso.
  • Enfermedades cardiovasculares, osteoarticulares (dolor de espalda) degenerativas (precursor de células cancerígenas) y autoinmunes (lupus).

Para evitar que el artículo resulte farragoso, el próximo viernes ahondaremos  más en el índice glucémico y los factores que lo modifican.

Finalizamos este, con la siguiente conclusión: si conseguimos moderar el consumo de alimentos de elevado índice glucémico mejoraremos nuestra salud a corto y largo plazo.

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REFERENCIAS:

 

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